Hace poco leí una frase que decía: “Si los músculos necesitan roturas y estrés para crecer, ¿qué te hace pensar que la mente y el espíritu funcionan diferente?” Y me hizo pensar.
Durante mucho tiempo interpreté cualquier crisis como una señal de que algo iba mal en mi vida. Si sentía ansiedad, tristeza, confusión o incertidumbre, asumía que estaba retrocediendo. Que había perdido el rumbo. Que algo estaba roto dentro de mí.
Hoy lo veo diferente.
Cuando entrenamos, entendemos que el músculo no crece durante la repetición. Crece después. Crece cuando se recupera de la tensión a la que fue sometido.
Con la vida ocurre algo parecido.
Hay etapas que nos estiran más de lo que creemos poder soportar. Momentos en los que se rompen relaciones, planes, certezas y versiones de nosotros mismos que ya no encajan. Y duele. Pero el dolor no siempre significa destrucción. A veces significa transformación.
Mirando atrás, me doy cuenta de que las etapas que más me hicieron crecer fueron precisamente las que nunca habría elegido vivir. Las épocas en las que me sentí perdida. Las veces que tuve que empezar de cero. Los momentos en los que mi vida dejó de parecerse a lo que había imaginado.
Porque fue ahí donde me vi obligada a cuestionarme. A descubrir quién era sin las etiquetas, sin los logros y sin las expectativas de los demás.
Nos encanta la versión bonita del desarrollo personal. La confianza. La claridad. La disciplina. Los resultados. Pero pocas veces mostramos la parte incómoda: la confusión antes de la claridad, el vacío antes del propósito y la caída antes del crecimiento.
Y quizá por eso muchas personas creen que están fracasando cuando en realidad están atravesando una etapa de reconstrucción.
No todo lo que se rompe está destinado a quedarse roto. Algunas cosas se rompen para poder reconstruirse de una forma más auténtica.
Si hoy estás viviendo una etapa difícil, no sé qué sentido tendrá dentro de un año o dentro de cinco. Pero sí sé algo: la persona que serás al otro lado de este proceso probablemente necesite atravesarlo para existir.
Y aunque ahora no puedas verlo, quizá no te estás desmoronando.
Quizá te estás construyendo.
— Micaela
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